Repensar los modelos económicos en camino a la inclusión social

Repensar los modelos económicos en camino a la inclusión social

 

El panorama internacional presenta importantes retos respecto a las directrices de desarrollo planteadas tras la publicación de la Agenda 2030, que contiene los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), y, por otra parte, por la definición de la Nueva Agenda Urbana en la conferencia Hábitat III, a realizarse el mes próximo en Quito, Ecuador.

En este sentido, mediante la Agenda 2030 y, en específico, del ODS Número 11: Lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles, se vuelve una prioridad internacional aumentar la urbanización inclusiva y sostenible, y la capacidad para una planificación y gestión participativa.

Asimismo, la cercana renovación de la Agenda Urbana luego de 20 años, adquiere una indiscutible centralidad, puesto que son los núcleos urbanos los que concentran la mayor parte de la población mundial y, a su vez, desde su planificación y construcción pueden generar o disminuir procesos de marginación.

No obstante, ¿qué comparten en común estas agendas?, ambas se encuentran construidas discursivamente con una mirada a la inclusión social; sin embargo, ¿cómo poder llegar a dicha inclusión en el contexto de una economía de mercado, caracterizada y perpetuada mediante la exclusión?

Es decir, si no se pone en entredicho el modelo económico sobre el cual la exclusión social se sustenta, se corre el riesgo que dichas afirmaciones queden reducidas a la mera expresión de buenas voluntades por parte de los actores involucrados.

Ante esta complejidad, se necesitan respuestas organizativas creativas, como las definen Chaves y Morais, para hacer frente a los desequilibrios que el mercado genera. Considerando que “la economía tiene un carácter plural que no puede reducirse a lo estrictamente mercantil y monetario” (Monzón, 2012, pág. 16) y se encuentra recíprocamente atravesada por factores políticos, históricos y sociales.

Ante ello, si bien han surgido diversos modelos económicos alternativos, principalmente, el enfoque de la economía social (ES) ha recobrado visibilidad en los escenarios internacionales, se reconoce que favorece la integración de las personas y reduce la exclusión social, mediante la generación de una cultura de participación y corresponsabilidad, como refieren Chaves y Morais (2012)[1].

A la ES se le atribuye –también- un importante rol en el desarrollo endógeno – territorial, además de una función reguladora del mercado de trabajo, puesto que antepone al individuo al capital y privilegia la gestión democrática en la generación de trabajo estable. Por otra parte, históricamente y hasta la fecha, estuvo enfocada a resolver las carencias y necesidades de una parte de la población que no eran satisfechas ni por el mercado, ni por el Estado (Pérez de Mendiguren, Etxezarreta, & Guridi, 2009).

De manera más reciente, la Declaración de la Ciudad de México[2], en la sección Localizing finance for inclusive change, destaca la posibilidad de devolver el sentido local a partir de la economía social, al señalar que la ES: “constituye una fuente de resiliencia a las recurrentes crisis, capaz de catalizar la redistribución de la riqueza…conducente a asociaciones que lleven a transformar el patrón de desarrollo urbano… que sean capaces de remediar la exclusión histórica, social y económica de grupos desfavorecidos”.

En este sentido, tanto para la Nueva Agenda Urbana como para el conjunto de la Agenda internacional, la ES puede fungir como puente articulador entre la urbanización y el crecimiento, desde un esquema más horizontal, participativo y representativo, que no se encuentre únicamente moldeado por los intereses del capitalismo -más rampante y su lógica de segregación-.

Finalmente, tras la notoriedad adquirida por la ES, a nivel internacional, como estrategia de inclusión social – laboral, si se quiere avanzar en este camino, resulta necesario pensar el territorio y el desarrollo -con una óptica de articulación de procesos y actores- desde la proximidad. Ante ello, los gobiernos locales y regionales, así como la sociedad civil, poseen un rol crucial para encaminar y apuntalar estas propuestas alternativas.

Lograr el desarrollo inclusivo involucra grandes retos. No obstante, la pregunta radicaría en: si queremos resultados distintos, ¿no sería factible pensar en construirlos a partir de modelos económicos distintos?

 

 

 

[1] Cabe señalar que los enfoques y alcances al hablar de ES alrededor del mundo son heterogéneos, así como los actores que la han promovido internacionalmente.

[2] Emitida en el marco de discusión rumbo a Hábitat III, tras la Conferencia Temática Financing Urban Development: The Millenium Challenge.

Sobre el autor:

Marcos J. Reyes Juárez. Economista y Maestro en Cooperación Internacional para el Desarrollo, con interés en las miradas alternativas al desarrollo. Músico a momentos.

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